Archive for the 'La soga de Hemingway' Category

05
Jun
09

Introducing Willis bros.

La avenida estaba, como de costumbre, atestada. Bruce se repantigó sobre el asiento de su coche, que despedía un cierto tufo a cerrazón y cuero, y se tomó una aspirina con una sonrisa. Siempre se tomaba al menos cuatro whiskeys por las noches, y eso, claro, le dejaba una resaca espantosa al día siguiente. El sol era inclemente y el vapor que subía del asfalto parecía estar friendo, todavía más que la televisión y los centros comerciales, los cerebros que transitaban la gran ciudad a media mañana.
Un taxista pasó pitando por su lado, incorporándose por el morro, en su carril.
-¡Pero qué coño pitas, desgraciado! -espetó Bruce. Se asomó a la ventanilla- ¡Déjate la bocina en tu casa y cambiáte de carril cuando tengas espacio!
-¡Gilipollas! -añadió
Aquello pareció acabar de colmar la paciencia del taxista, que, con el semáforo en rojo, abrió la puerta de su vehículo y se acercó con paso decidido a Bruce.
-¿Pero a ti qué coño te pasa?
Bruce se echó las manos a la cara.
-¿Tienes algún problema? -prosiguió el taxista, inclinándose hacia la ventanilla del coche de Bruce- Llevo todo el puto carril con el intermitente puesto, ¿o es que no lo has visto?
-Oye, amigo, por mí como si naciste con ese intermitente en el culo; no tenías espacio para pasar, y te has metido porque sí.
-¡Porque no me dejabas pasar! ¡Anda y que te jodan¡ ¡Gilipollas tu puta madre!
El taxista daba media vuelta y regresaba a su coche. Los ojos de Bruce se tornaron fríos y sus labios se apretaron, elevándose ligeramente. De un brusco gestó abrió la puerta y apeó del coche.
-Eh, tú. Tú, tontaina, ¿qué problema tienes con mi madre?
-¡Vete al cuerno! -el taxista ni se dio la vuelta para responder y estaba a punto de entrar en su coche.
-Te vas a enterar.
Bruce agarró por la camisa al taxista mientras se sentaba en su taxi, lo sacó de un empujón que casi lo tira al suelo, y le arreó dos patadas en el estómago.
-Métete otra vez con mi madre y la próxima va a la cabeza.
Regresó a su coche, ante el estupor de toda la avenida.
-¡Gilipollas! -remató.
Otra vez dentro, mientras el taxista se arrastraba para volver a su vehículo y el carril vecino avanzaba con lentitud a causa de la curiosidad que despertaba el incidente, Bruce vio una llamada de la oficina en el móvil.
Puso el manos libres y devolvió la llamada.
-¡Bruce!
-Hola, monada. ¿De que se trata?
-Es tu hermano. Lleva toda la mañana esperando verte. He podido distraer a McCormik, pero a tu hermano no hay quien lo saque de allí.
Bruce no había aparecido aquella mañana por su despacho, por culpa de la resaca. Salió directamente a hacer su ronda. Pero Lucy le había salvado tantas veces el pellejo, que si tuviera que devolverle todos los favores que le debía necesitaría al menos tres o cuatro vidas de dedicación a tiempo completo. No venía de otra más, aunque era evidente que no iba a sacar a su hermano de allí.
-Cabezota como el peor de los Willis. Dile que llegaré allí para el almuerzo. Y, que ya que tendrá tiempo, se encargue él del café y de los donuts.
-Buena idea. Así dejará de incordiar un rato.
-No es un mal tipo. Se guarda demasiada hiel en la sangre, eso es todo.
-Supongo que tendrás razón.
-Pues claro, cariño. Tú sobretodo sigue ocupándote de McCormik, ¿eh? Como se entere Harry, estaré metido en un buen lío.
-Descuida. Que pases una buena mañana.
-Tú también, cariño.
Colgó.
Estaba enterado de que su hermano había regresado a Estados Unidos, por el funeral de gran amigo suyo recientemente fallecido, pero con todo el revuelo que estaba levantando el caso Fratelli, y sus propias cábalas, se le había ido de la cabeza. Desde niño, el hermano de Bruce había vivido en España, donde se hizo cambiar su apellido, Willis, por el de Billis, que es como los españoles pronuncian la W. Y se había quitado su primer nombre para usar el segundo, pasándose a llamar como su hermano, salvo por la inicial del apellido -los hermanos tenían cruzado su primer y segundo nombre-: Bruce Billis, originalmente Walter Bruce Willis, hermano de Bruce Walter Willis. De este modo conservaba algo de americano, ya que los españoles sabían decir Bruce, aunque dijeran Billis en lugar de Willis, o Bálter en lugar de Walter.

A media mañana terminó su ronda y se pasó por su despacho, para degustar los donuts que su hermano le debía estar preparando.

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30
May
09

No le interesan los títulos

Se interesó por una cosa importante, más importante que la muerte; muerte e interés en una misma balanza es un mal percance que sólo puede terminar mal, y, con todo, terminar es lo mejor que puede pasar. Pero no quiere que pase nada, no quiere que pase el tiempo, ni mucho menos las cosas, los fenómenos, acontecimientos, testigos insobornables de ese tirano despóticamente preciso que puede medirse por la longitud de las sombras; sombras de sueños e ilusiones, que son lo único real; quise decir, acorde con la monarquía crónica; sombras de esperanzas. Todo languidece a la luz del paso de los eones y el languidecer es el único reloj de que dispone. Esa rueda que es, al mismo, tiempo, su única posibilidad de moverse a traves del pozo ontológico; llámese existencia: pero díganle de qué.
No se interesará por nada, salvo por la muerte. Salvo por el

FIN

27
Dic
08

Canciones

Algunas canciones son para uno como el jilguero entre las ramas, el estanque entre las rocas o el sol entre las nubes. Como esos pensamientos de simultaneidad, en los que uno siente no con envidia sino con alivio que en alguna parte del mundo hay un bebé que nace entre sonrisas, un joven derrotado que levanta el puño con fuerza, una pareja de enamorados; en fin, todas esas cosas con las que empieza la película Amélie, ese conocimiento disgregado y sincrónico que constituye nuestra cultura. Algunas canciones nos consuelan por el solo hecho de existir, porque el mundo conoce nuestro sentimiento, porque nuestro sentimiento está en el mundo, porque podemos buscar en el mundo nuestro sentimiento, saber quién somos, que la gente sepa quién somos; ser. Si ser es lucir una máscara, ya sea cómica o trágica (en el sentido griego de tales términos, en sus raíces literarias), si ser respetable es saber elegir la máscara que procede, una adecuación carnavalesca a nuestras circunstancias y las demandas de las representaciones sociales. Hubo un tiempo en que podría haber hablado de contextos sociales. Pero, ¿cómo se le puede llamar contexto a esto? Son conimágenes, concurrencias gráficas salpicadas de palabras, aderezadas con palabras, remachadas con palabras; son contenidos oníricos prácticamente mudos, son los sueños de Tarzán en la jungla de cristal. Mas basta de nostalgias por tiempos no vividos, yo no soy el pasado, soy el futuro. Pero, ¿qué se puede hacer, escribiendo, sino lamentar que ya no hay palabras en el mundo para este ser? ¿Puede una mente acostumbrada a los quince minutos de concentración, entre pausa publicitaria y pausa publicitaria, llegar a concentrarse el tiempo que requieren palabras que hablen en contextos y no en conimágenes? Escribir en Madrid ya no es llorar. Escribir en Occidente, es llorar. Las máscaras trágicas ya no interesan a nadie, aunque Delfos ha establecido franquicias en cada esquina, como Starbucks. Las palabras sudadas huelen mal sin un desodorante 24 horas. Las palabras reídas deleitan, mas no curan muchos males, y eso es poco provecho cuando todo el mundo es susceptible de que en algún lugar u otro digan que es un enfermo. Somos todos unos enfermos. ¿Podrá decir nadie, de las letras que yo sangre, que son como el jilguero entre las ramas, el estanque entre las rocas o el sol entre las nubes?

27
Dic
08

La soga de Hemingway

Pregunta: En su opinión, ¿cuál sería la mejor educación intelectual que puede recibir un futuro escritor?
Ernest Hemingway: Digamos que debería salir y colgarse porque se dio cuenta que escribir bien es tremendamente difícil. Luego debería ser descolgado con misericordia y él mismo debería obligarse a escribir lo mejor posible para el resto de su vida. Al menos así tendría la historia del ahorcamiento para empezar.”

(extracto de una entrevista)